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¡Hola <<First Name>>!

Nuestro más reciente episodio, «La culpa de Borges», ya está al aire:  

Escúchalo aquí.
  • El 1 de noviembre de este año «La Nación» de Buenos Aires publicó un texto inédito de Borges: «Silvano Acosta». Octavio y David no podían dejar pasar semejante ocasión de dedicarle un capítulo más a don Jorge Luis. (Ya lo habíamos hecho en nuestra primera temporada, aquí.)
  • Leyendo juntos este breve texto, David y Octavio hablan sobre la culpa, la familia, la vida y la muerte, y sobre la memoria y el olvido. Todo a partir de las reflexiones de un Borges que se siente en deuda con el Silvano Acosta a quien su abuelo Francisco ordenó fusilar una mañana de 1871.
  • Octavio queda más convencido aún (si es que no lo estaba ya) del valor de leer a Borges, y casi promete que vendrán muchos capítulos más con y sobre él.

Y si quieres leer más sobre Borges... 
...¿por qué no empezar por este texto, el último suyo en descubrirse? Lo reproducimos a continuación en su totalidad. (Y recomendamos también la bellísima edición conmemorativa de la Real Academia, «Borges esencial».)
«Silvano Acosta»

Mi padre fue engendrado en la guarnición de Junín, a una o dos leguas del desierto, en el año de 1874. Yo fui engendrado en la estancia de San Francisco, en el departamento de Río Negro, en el Uruguay, en 1899. Desde el momento de nacer contraje una deuda, asaz misteriosa, con un desconocido que había muerto en la mañana de tal día de tal mes de 1871. Esa deuda me fue revelada hace poco, en un papel firmado por mi abuelo, que se vendió en subasta pública. Hoy quiero saldar esa deuda. Nada me costaría fantasear rasgos circunstanciales, pero lo que me ha tocado es lo tenue del hilo que me ata a un hombre sin cara, de quien nada sé salvo el nombre, casi anónimo ahora, y la perdida muerte.

Asesinado Urquiza, la montonera jordanista asedió a Paraná. Una mañana entraron a caballo en la plaza y dieron la vuelta golpeándose la boca y gritando algún sapucai para hacer burla de la tropa. No se les ocurrió apoderarse de la ciudad.

Para levantar el sitio, el gobierno envió al regimiento número dos de infantería de línea. Faltaban plazas y una leva recogió algunos vagos en las tabernas y en las casas malas del Bajo. Acosta fue apresado en esa redada, entonces común. Nada me costaría atribuirle una parroquia de Buenos Aires o un oficio determinado -peón de albañil o cuarteador- pero esa atribución haría de él un personaje literario y no el hombre que fue lo que fue. A la semana desertó del cuartel y se pasó a los montoneros. Tal vez pensó que la disciplina entre gauchos sería menos severa que en las filas de un ejército regular. Tal vez quería desquitarse de haber sido arrastrado a la guerra. Prosiguió la campaña y un Destacamento del Dos trajo prisioneros. Alguien reconoció al pobre Acosta. Era un desertor y un traidor. El coronel Francisco Borges, mi abuelo, firmó la sentencia de muerte con la buena caligrafía de la época. Cuatro tiradores la ejecutaron.

Yo nací treinta años después. Un vago sentimiento de culpa me ata a ese muerto. Sé que le debo una reparación, que no le llegará. Dicto esta inútil página el diecinueve de noviembre de 1985.

En nuestros capítulos anteriores sobre la tradición republicana...
... hablamos de las ideas centrales de Maquiavelo, Montesquieu y los autores de «El federalista», Hamilton, Madison y Jay.
Maquiavelo merecía, creemos, una especie de reivindicación. No tanto porque la visión que de él se tiene sea errada, sino porque es radicalmente incompleta. Además de un genio del oficio de la política (entendido como el hacerse al poder y saber conservarlo), Maquiavelo era un republicano convencido. Su obsesión fue inspirar nuevos modelos políticos para revivir el gran logro de Roma: vivir libres y seguros en un régimen republicano estable y vigoroso.
Las ideas de Maquiavelo luego las desarrollaron otros, entre ellos Montesquieu. A él le debemos la tesis de que la separación de poderes es esencial para la libertad republicana, para evitar el despotismo. Y con toda esa artillería intelectual, se dieron luego los «Founding Fathers» a la tarea de crear la Constitución de EE.UU. Como demuestran los ensayos de «El Federalista», se trató de un ejercicio muy deliberado (y bastante exitoso) de filosofía aplicada.
En caso de dudas, quejas, sugerencias o reclamos, escríbeles a David y Octavio contestando a este correo.
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