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el ultramarinos #3. Navidad en Navarra y una nota sobre la diversión

 

¿Están ahí, mis vidas? ¿Están ahí? ¿Me oyen? ¿Me escuchan? Respuesta: pero mujer cómo tú por aquí, dichosos los ojos, etcétera, etcétera. Bien, hechas las comprobaciones de rigor (estáis vivos, lo sé; estoy viva, os lo recuerdo), entremos de lleno en materia.

Resucito hoy estas cartitas para compartir con vosotros lo que he venido llamando “mi lugar feliz de internet”. Un lugar al que siempre vuelvo cuando estoy algo alicaída y necesito recordar lo que me hace feliz, que vendría a ser una mezcla de cosas estúpidas, surrealistas y absurdas que hacen los seres humanos. Como ya he dicho alguna vez, pocas cosas valoro más que la estupidez. No la estupidez de ser algo torpe mentalmente, sino la estupidez épica, decadente y, sobre todo, consciente de sí misma. Esa estupidez que nos lleva a prendernos fuego al pelo como ritual de beber, a jugar a tirarnos cosas a la propia cabeza, a hacer de un lipdub una reivindicación política. Cosas que podrían entrar en el espectro de la vergüenza ajena, pero que, para mí, caen del lado del maravillarse con la existencia humana y que me hacen amar la humanidad en todo su desastre. Porque, paradójicamente, lo que nos diferencia de los animales, nuestro rasgo evolutivo más fuerte como homo sapiens, es precisamente la capacidad de hacer algo estúpido, algo que no tiene ningún sentido ni finalidad más allá de si mismo. El hacer algo solo porque se puede hacer. La voluntad de entregarse al absurdo y hacerlo a pecho descubierto, en definitiva.

Así que, parafraseando la intro de The Twilight Zone, vamos hoy a viajar hacia una dimensión distinta a la del mundo y del sonido. El reino maravilloso de la imaginación, Mi Lugar Feliz De Internet: el concurso de Villancicos de la Universidad de Navarra. 

En palabras breves, se trata de un concurso de canciones navideñas que organizaba la Universidad de Navarra hasta hace unos años y en el que participaban facultades y colegios mayores de la zona (sobra decir que todos ellos estrechamente relacionados con el Opus Dei). Dicho así, pues no parece gran cosa. Pero lo que esconde una premisa tan carca es un absoluto e increíble festival de canciones disparatadas, disfraces esperpénticos y bailes más allá de toda concepción humana. Gracias al canal de YouTube VillancicosUnav podéis recuperar la mayoría de ellos -y Dios en su gloria le guarde por esta labor antropológica-, pero por mi parte os traigo mis cinco absolutísimos favoritos. En ningún orden en particular: como a los hijos, los quiero a todos por igual.

1. Navidad en Navarra - Colegio Mayor Belagua, 2007

Quizá el más famoso hasta el momento de los villancicos navarros. O, al menos, el primero al que yo llegué y el culpable de esta obsesión mía con este concurso. Canta, comparte ilusiones y baila, Navidad en Navarra, hoy ha nacido el señor, ¡uoooooh-oh! - la canción es pegadiza, por mucho que haya un pobre chico yéndose de tono todo el rato empeñado en destrozarla (ese ou yeeeah en el 0:36; increíble). El vídeo transcurre con bastante normalidad para lo que suelen ser (ya veréis luego), hasta que aparecen tres chavales que, por las exaltaciones del público en plan beatlemanía, deben tratarse de algo así como los más guapos de la clase.  Hay un momento aquí favoritísimo en el que el chico del medio se deja llevar por el frenesí navideño y abre los brazos con energía, voluntad y decisión… cuando no toca. Pero se recupera pronto, que es Navidad. Se lo pasan teta los chavales, míralos cómo cantan, qué hay más bonito que eso. 

Y de repente: el momentazo. Estamos en el cenit de la actuación, todos dan palmas, cantan, uah!, la Navidad, qué pasada, yeah!... y las bufandas que llevan los chicos se convierten en tradicionales fajas universitarias gracias a un estudiadísimo trabajo de ingeniería teatral: los de la fila de detrás se la ponen a los de delante. Es el momento sorpresa que todos llevaban esperando, un reveal espectacular. El público enloquece. Los chicos sonríen orgullosos. Y yo, feliz, feliz.

2. Duérmete - Colegio Mayor Velate, 2006
Para los neófitos del Concurso de Villancicos: tras el absurdo, el elemento más recurrente de estos vídeos es el cajón flamenco. Que tiene gracia: son aquí todos los chaveas más de Pamplona que los mismos San Fermines, pero ahí están ellos felices con su impostado acento sureño. El caso: la canción en este caso es más bien normalita, pegadiza también, me gustan los coros "aaaaa oooo aaaa" graves del fondo, à la Directivos. Sin más, está bien. Pero, de repente, se levanta en el escenario un bulto que ha estado allí siempre, un bulto que resulta ser un chaval que, por una razón que no comprendo, lleva un pasamontañas, un gorrito navideño y una capa verde. La composición de la escena es increíble: mientras chiquillos -que, por su origen, ahora deben ser directivos de grandes empresas o directamente afiliados del PPN o del fugaz y difunto DNE- dan prueba de su capacidad vocal, un ¿etarra? lo da todo en el medio del escenario. Primero empieza tímido, un pasito y otro pasito, se va animando, capea,  oé, oé, tira la capa, se va, vuelve a aparecer y el mundo se vuelve completamente surrealista por un instante. Mientras los chavales cantan una nana, el bulto-etarra empieza a bailar breakdance. No habla, no se le ve la cara, es inquietante de cojones. Ahora van todos fuera de ritmo, creo que ellos también están desconcertados. Es un puto desastre. Un maravilloso desastre. La canción termina. El chaval se quita el pasamontañas. Sudado y sonriente, saluda al público. La actuación de su vida.



3. Algo especial - Colegio Mayor Belagua, 2008
La mejor coreografía de todas. Aquí los chicos lo dan absolutamente todo desde el segundo uno: agachándose en masa, moviendo los bracitos, saltando a la pata coja, por qué no. Ojo al detalle escenográfico: la mitad de ellos va de negro; la otra, de blanco. En medio, un chaval con camiseta negra y americana blanca; ahí, de perfecta bisagra cromática. Todos empiezan a gritar en coro: "eh, eh, eh, eh!". Se viene, vaya si se viene. El solo de la guitarra se acelera cada vez más, sale un chaval a bailar mientras dos hacen breakdance y otros dos van de un lado a otro del escenario haciendo volteretas. Explosión de alegría, se desata el entusiasmo. Joder, ser del Opus es divertidísimo. Y, por si no fuera suficiente, un par de ellos se ponen a hacer "la onda". El de la americana blanca pega un brinco que no sabes si ha visto una araña o es que ya directamente está full modo éxtasis de Santa Teresa. Aquí hay un momento en el que canta dice: “no entiendo de qué vaaaaa” y me gusta pensar que es un instante meta y que se refiere a lo que está pasando a su alrededor. Estoy contigo, chico, yo tampoco entiendo nada ya. Parece que no puede ir a más, pero no, que es Navidad y hay que darlo todo. Sale un chaval a RAPEAR a lo King Africa. Están motivadísimos, yo no entiendo lo que dicen, son demasiados estímulos, demasiadas cosas pasando el mismo tiempo. Pero ellos siguen y siguen, saltando a una pierna, moviendo los brazos, ahora la cadera, más alto, que nos oiga Miguel Ángel. Se termina la canción, se tiran al suelo (!!!). Perfecta actuación.

Lo curioso es que conozco a un chaval que sale en este vídeo. Al principio pensé en preguntarle, en investigar más sobre el Concurso y que me contara cómo es vivir este disparate en primera persona. Pero, por lo poco que sé, el Belagua no es precisamente la alegría de la huerta, por no decir que es un sitio que ha jodido la infancia a algún que otro chaval (a mi conocido, no lo sé; me consta que escribirá y publicará sobre ello próximamente). Así que, en realidad, me alegré de no saber nada de este mundo. De, en cambio de tener que recordarlo, tener el privilegio de poder imaginarlo.

4. Corre al portal - Colegio Mayor Mendaur, 2006

No hay que olvidar que estamos en un concurso y, al público, hay que ganárselo como sea. En este caso, los del Mendaur van directos a la yugular de la Navidad con el tópico que más corazones es capaz de ablandar por segundo: un niño gordito con gafas diciéndole a los Reyes Magos que el único regalo que quiere este año es la paz en el mundo. El "ooooooh" que suelta la multitud marca la gran victoria de este villancico, y eso que ni si quiera ha empezado como tal.

Pero hay más, mucho más. A estas alturas ya habéis visto bastantes vídeos como para saber que aquí no hay mesura que valga, que siempre se pueden juntar más elementos y disparates. "'Uno, dos, tres, cuatro! Uno, dos, tres cuatro!". Al ritmo de una voz que canta los números que ni fuera Chimo Bayo en la Tía Enriqueta, una tropa de chavales empieza a aparecer en el escenario. Entran los tambores, una verdadera marcha imperial... y empieza él. El teclado. No es un teclado cualquiera. Es EL teclado. Quizá lo habías olvidado hasta este preciso momento, pero se trata de uno de los mayores temazos de finales de los '90, un eterno one hit wonder: Narcotic, de Liquido. Le meten unas guitarras afinadas con chatarra o a lo Beat Happening según les de, pero no pasa nada, mira el chaval del tambor, qué serio, qué concentración. "¡Vamos!" grita uno de ellos, qué subidón, qué dolor de oído. De los laterales salen chavales con banderas gigantes de todos los países. Un festival de esos gallos tan típicos de la adolescencia, pero la versión es tan buena que da igual, a mi me da completamente igual. Quiero más y me dan más: te despistas un rato y de repente en el escenario está la Biblia entera: que si los Reyes Magos, que si otros llevando mirra, incienso y no sé qué más, que si unos chavales bailando vestidos ¡de la Tuna! "Venga palmas!", grita uno, y qué palmas, claro que te doy palmas. Hay uno con cara de querer morirse, no sabes nada cariño, esto es increíble. Donde la original decía "I don't mind / I think so / I will let you go" y hablaba de drogas blandas y duras, nuestros capillitas cantan: "corre al portal / no esperes más / mira a ese niño necesita que le arropes / que le des siempre cariño". Unos genios.

5. ShBoom - Colegio Mayor Belagua, 2006

Sobre esta sí tengo un pequeño apunte sentimental. Cuando descubrí la existencia del Concurso de Villancicos de la Universidad de Navarra, en 2018, yo trabajaba en un sitio muy cómodo (era el trabajo más fácil del mundo) y muy deprimente. Era Navidad pero, dado que teníamos que prestar servicio incluso en festivos nacionales, no podía volver a Barcelona a ver a mi familia por las fiestas. Así que cada día iba y volvía de trabajar escuchando compulsivamente esta canción, que me alegraba un poco la vida. Me descojonaba yo sola en el metro, vaya. Por no decir que es un temazo, pegadiza como pocas y joder, la cantan muy bien.  Con el cariño que le tengo a esta cosa tan estúpida e inútil, me hizo mucha ilusión saber que Mario grabaría una versión para el recopilatorio de villancicos de Jeanne D'Arc Records. Escuchadla, porque es un temón ❤️

Frivolidad, diversión y estupidez humana: una nota a pie de página

Empezaba esta carta diciendo que lo que nos hace esencialmente humanos es hacer cosas sin ninguna finalidad o sentido. El absurdo y la estupidez, la frivolidad y el juego. El antropólogo y activista David Graeber publicó en 2014 un artículo precioso contradiciendo esta idea. En él, Graeber se pregunta por qué nos parece tan misterioso que los animales también jueguen, que también lleven a cabo acciones solo por el puro placer de actuar, y defiende una teoría según la cual el juego (lo que yo mal llamo "estupidez") es el principio regulador de toda la vida. Para ello, hace toda una disertación interesantísima sobre la visión economicista de la biología cuando nos dice, por ejemplo, que los animales cooperan en grupo solo para maximizar la propagación de sus propios códigos genéticos. A esta, Graeber contrapone la escuela rusa, según la cual la cooperación animal a menudo es un mero placer en sí mismo, dado que «ejercer plenamente las propias capacidades es disfrutar de la propia existencia y, en el caso de las criaturas sociables, esos placeres se magnifican proporcionalmente cuando se realizan en compañía. No tenemos que explicar por qué las criaturas desean estar vivas, ya que la vida es un fin en sí mismo».

No me detendré en detalle en todo el artículo de Graeber, porque es tan interesante como extenso, pero sí me gustaría señalar la conclusión final a la que llega. Si todo el universo está compuesto de los mismos átomos, y la conciencia humana no es más que una organización más compleja de procesos que ya existen, tiene sentido que algo al menos un poco como la intencionalidad, algo al menos un poco como la experiencia, algo al menos un poco como la libertad, tenga que existir también en todos los niveles de la realidad física. 
Si asumimos que un electrón actúa libremente, sólo puede actuar libremente como un fin en sí mismo. Si los electrones no compiten contra otros electrones, significaría que, en los fundamentos mismos de la realidad física, encontramos la libertad por sí misma, lo que también significa que encontramos la forma más rudimentaria de juego. Resulta entonces que no somos especiales, los seres humanos. Que, en realidad, todo el universo se lo está pasando en grande. Y eso me gusta aún más.

Con cariño,
Patri

📎 Algunos apuntes sobre los últimos días, o un vistazo a mi carpeta de favoritos:

  • Crónica de un adiós. «Luis le había dicho que se podía hacer de todo, disfrutar de todo, ir contra todo, menos contra la biología. Pero para respetar la biología hay que ser realista, incluso muy realista, y Carlos nunca se llevó bien con la realidad. Eso hizo que su arte fuera tan exquisito, tan rico y tan peculiar, y su vida tan corta». Nunca había leído la carta que Almódovar le escribió a Carlos Berlanga tras su muerte, publicada en El País en 2002. Una despedida bella, triste y tierna, que contiene para mí una de las frases que mejor describen el amor y la amistad: «un compañero maravilloso en unos años maravillosos».
     
  • Il segreto del Bosco Vecchio. Durante la cuarentena, lloré con este libro de mi querido Buzzati lo que ni sabía que necesitaba llorar. Me recordó al maravilloso Canto jo i la muntanya balla de Irene Soláque, a su vez, me recordó a mi favoritísimo Pedro Páramo. Un viejo cuento sobre el sacrificio y el perdón que, con una extraordinaria sensibilidad, narran aquí los árboles, el viento, los animales, la madera de los muebles y hasta los gusanos. Lo hacen a través de susurros que solo oyen los niños, mientras que los adultos toman sus voces por meras y absurdas leyendas. Y, como en Il Deserto Dei Tartari, Buzzati también habla aquí de la soledad y las oportunidades perdidas, de la vida que se escapa entre nuestras manos y de una redención que llega con nadie por testigo. O, en este caso, solamente ante unos árboles, animales e insectos a quienes la vida humana no podría importar menos.
     
  • ¿Qué hacia Dios antes de crear el mundo? El otro día alguien preguntó si creíamos en los milagros. Yo dije que no, que no creía en Dios. Pero que, en cierto modo, creía en el amor. Y recordé un texto de Giorgio Agamben en el que hablaba de cómo la pregunta sobre qué hacia Dios antes de crear el mundo es un argumento casi prohibido en teología, ya que demuestra que solo empezamos a pensar en Dios cuando empezamos a pensarnos a nosotros mismos. Escribe Agamben: «Según una tradición de origen platónica, Dios poseía siempre en su mente la idea de todas las cosas que habría de crear. Aún si no se puede hablar de un esbozo, hay en Dios algo que precede a la creación, un antes inmemorial de la obra. Y la cábala conoce una tradición según la cual Dios habría creado el mundo de la nada: es decir, la nada es la materia con la que ha hecho su creación, la obra divina está literalmente hecha de nada». Para sortear este espinoso argumento, la nada divina, cuentan que el Papa Francisco contestó de manera muy diferente a un chico que le preguntó qué hacia Dios antes de crear el mundo. Le dijo: «Antes de crear el mundo Dios amaba, porque Dios es Amor; y ese Amor era tan grande que necesitaba compartirlo, por lo que creó el mundo». El amor como potencia latente que se convierte en acto solo cuando compartido. No soy creyente, pero me gusta como suena. 
     
  • Todo era posible. Revistas underground y de contracultura en España: 1968-1983. Cuando estoy un poco desanimada, vuelvo a este libro que editaron hace unos meses los amigos de Libros Walden. Un libro cuidadísimo en forma y contenido, lleno de material gráfico sobre estas revistas que florecieron en los últimos años de la dictadura y que, si empezaron siendo una "copia" de revistas internacionales para traer aquí la modernidad, terminaron por ser las publicaciones que han dado forma a nuestra cultura popular. Ahora que la efervescencia de los blogs que vivimos en los 2000 está muriendo aún más rápido, me gusta volver a este libro para pensar que, quizá, algún día todo vuelva a ser posible.
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