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Foto: Luis Magán 

el ultramarinos #1: Quedan suspendidas las verbenas


El viaje más largo que hemos hecho Jose y yo fue aquel verano que nos fuimos a la verbena de San Lorenzo del Escorial, cuando bailamos en la plaza hasta que nos dolieron los pies y la cabeza. Al año siguiente fuimos un poco más lejos, a Benidorm, que es una gran verbena continua, pero al segundo día yo me puse enferma y pasé los siguientes cinco mirando las ventanas iluminadas de un hotel desde la cama del hospital mientras Jose veía la tele muy bajito sentado a mi lado. No fuimos a ninguna fiesta, pero Jose iba cada día al Mercadona al otro lado de la calle y se entretenía probando zumos y me los traía a la habitación aunque no pudiera tomarlos. También me trajo una guía de Benidorm con muchas fotos por si me cansaba de mirar siempre las mismas ventanas. Al final, no hemos ido a tantas verbenas como nos hubiera gustado. Creíamos tener todo el tiempo del mundo, creíamos tener todos los veranos por delante para bailar en las calles de todos los pueblos y ciudades de España. No podíamos imaginar nadie podía que, hace ya más de cuarenta días, el Presidente del Gobierno decretaría la suspensión de las verbenas.

Llevo desde entonces preguntándome cómo es posible que, de entre todo el dolor y las medidas excepcionales y las restricciones y la incertidumbre, ese «quedan suspendidas las verbenas» pronunciado por Pedro Sánchez el 14 de marzo siga siendo la frase que más me ha impactado desde que estalló la emergencia sanitaria en la que nos encontramos. Se han perdido empleos, hogares, familiares y amigos, pero aquí estoy yo, lamentándome porque hemos perdido el olor a churrasco, las orquestas municipales y las casetas de juegos absurdos. Menuda frivolidad, ¿no? Sin embargo, creo que hay algo de único en el nombrar las verbenas durante una declaración que se sabía histórica, y que me lleva obsesionado desde entonces. No me imagino a ningún otro presidente de ningún otro país pronunciando esas palabras. Podrían hablar de reuniones sociales, de fiestas populares, quizá de carnavales. Pero hablar de España de «mi querida España, esta España viva, esta España muerta», que cantaba Cecilia y que tan poco gustó al régimen franquista es hablar de verbenas y guateques, de ferias, fallas y pasos, de romerías y fiestas de prau, de toda la serie de fiestas populares que, desde los primeros días de primavera y hasta bien entrado el otoño, florecen por las aldeas, los pueblos y las ciudades del país (me atrevería a decir que hay más fiestas populares que ciudadanos).

«San Lorenzo es el aviso de que la vida, aún cuando se baile en ella, es humo. Como en su santa parrilla, como el rastro del tabaco de las cigarreras», narra Ernesto Giménez Caballero en Esencia de verbena, un precioso cortometraje de 1930 a medio camino entre el costumbrismo y la vanguardia en el que aparece Ramón Gómez de La Serna haciendo el chorra por Madrid. La vida será humo, pero las verbenas son memoria. Celebrar una fiesta popular requiere recuerdos y emociones comunes que pasan de generación en generación, como un secreto íntimo y a la vez colectivo. Hasta que uno celebra porque así se ha hecho siempre. Las verbenas no necesitan de libros de Historia que las narren, porque ya tienen a sus gentes. Por eso, creo que también hemos perdido algo mucho más grande; algo que no sé nombrar, pero que sé lo que es. Es ese sentir, en una calurosa noche de verano, que todo está bien, que no desearías estar en ningún otro lugar en el mundo. Es ese mirar a tus amigos y pensar lo guapos que son, lo mucho que les quieres, lo feliz que eres. Durante los últimos años, he tenido la suerte de vivir muchos momentos así. Y, aunque sean muchos más de los que probablemente merezca, no estaba preparada para perderlos. No sé cuándo volveremos a ser tan felices. Incluso si se vuelven a permitir las grandes aglomeraciones en las calles, ¿tendremos ganas de celebrar como si nada hubiera pasado? Después de perder nuestros trabajos y nuestros familiares, ¿querremos todavía bailar canciones antiguas, pagar demasiado por un mini aguado y tumbarnos a descansar en la hierba mojada como si nada importara? ¿Cuánto tiempo dura un luto? ¿Cuánto tiempo es demasiado tiempo? Cuando Pedro Sánchez dice que quedan suspendidas las verbenas, siento que, con ellas, también queda suspendida una cierta forma de vida muy nuestra. Una vida más amable, más feliz. A veces tengo miedo a que vuelvan las verbenas, pero nosotros no.

No hemos ido a tantas verbenas como nos hubiera gustado, pero yo llevo soñándolas mucho tiempo y, en estos días tan raros, vuelvo a ellas siempre que puedo. Encuentro las verbenas en las viejas canciones de los Beef, en Crespià de Albert Serra y en True Love de Ion de SosaVuelvo a las fallas de Definitivamente Miami, y vuelvo también a los Primogénito López, aunque ellos canten lo de «Ya no hacen verbenas en el Maginàs; ahora todos se han ido y los que quedan, ya no están». Recorro una y otra vez el mapa emocional de mis verbenas imaginarias e intento pensar que algún día también volverán, que volveremos nosotros también. Que un año no es nada frente a toda una vida, que todavía tenemos todos los veranos del mundo por delante. «Todos nuestros amigos, los juegos y las reuniones en todas las vacaciones, se quedan aquí conmigo», me consuelan Gúdar, a quienes también vuelvo estos días una y otra vez. Todo el amor del mundo se queda aquí conmigo, no se ha ido a ninguna parte. Intento no olvidarlo. No hemos ido a tantas verbenas como nos hubiera gustado, pero prometo que no nos volveremos a perder ninguna. Cuando la vida vuelva a ser como era antes, iremos a todas las fiestas de todos los pueblos y bailaremos todas las canciones que no hemos podido bailar; si no hay canción del verano, prometo que cantaremos las de todos los veranos pasados. No importa cuánto tiempo pase. Cuando ese día llegue, te prometo que nos volveremos a encontrar en la verbena de un pueblo a medio camino entre Barcelona y Madrid.

Un abrazo,
Patri

📎 Algunos apuntes de los últimos días, o un vistazo a mi carpeta de favoritos:

  • #PortadasParaUnaPandiema. Desde hace unas semanas, Diana Cortecero recopila en tuiter algunas portadas de los últimos semanales, revistas y magacines. Desde la ya famosa portada de Chris Ware para el New Yorker hasta las ilustraciones escogidas por cabeceras como Vanity Fair o Vogue —que, por primera vez en su historia, prescinde de una fotografía—, me gusta imaginar cómo, en 30 o 40 años, alguien las mirará para recordar la famosa pandemia del COVID19.
     
  • Ansiedad, Mariana Enriquez. El mejor texto de pandemia que he leído hasta la fecha. No sé vosotros, pero a mí, entre tanta incertidumbre, me ha costado mucho leer textos ambiciososos, propositivos y dictaminantes. Me parecían todos un alarde de arrogancia. Me gusta el de Mariana porque, de una manera muy delicada, permite al silencio y a las dudas colarse entre sus frases.
     
  • Física de la tristeza, Gueorgui Gospodinov. La primera vez que abrí este libro, pillado a ciegas a Fulgencio Pimentel, leí bien grande la palabra «VIRUS». Lo cerré espantada. La segunda vez que abrí este libro, leí «las lágrimas fluyen por sus mejillas, por mis mejillas, se mezclan con el polvo de la harina en la cara: el agua, la sal y la harina amasan el primer pan de la pena. El pan que no se acaba nunca. El pan de la tristeza que nos alimentará durante los años venideros» y tuve ganas de no cerrarlo jamás.
     
  • el ultramarinos. La verdad es que no tengo la más remota idea de adónde irá a parar esto. No sé qué escribir para la próxima carta. Yo solo quería escribir algo sobre las verbenas. Yo no iba a salir y me lié. Pero me ha recordado a cuando, de niña, me lanzaba a hacer cosas apasionadamente sin pensarlo demasiado. Aunque luego me cansara con la misma rapidez, la verdad es que llevaba mucho tiempo sin sentirme así.
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