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Foto: Roberto Alcatraz

el ultramarinos #2. De balcones, ventanas y verandas


Hace unas semanas, la artista Jenny Odell publicaba en The Atlantic un precioso artículo sobre los pájaros y su mundo, cuya observación es otro de los fenómenos que se han popularizado durante esta cuarentena que ya hemos empezado a dejar atrás. Como ya hiciera en su primer libro, How To Do Nothing: Resist the Attention Economy, Odell también reivindica aquí la observación de la naturaleza como un gesto contra la moderna idea de producción capitalista, sinónimo en las más de las ocasiones de destrucción de la producción natural de un ecosistema. «Empiezas a ver a los pájaros como actores intencionales con derechos, más que como meros autómatas decorativos para nuestro entretenimiento», escribe. «Imaginar un mundo en el que todavía nos queden pájaros que observar significa pensar en cómo la observación de aves jamas puede ser un pasatiempo inactivo o apolítico, en la medida en que estoy viendo la vida de otros en este planeta en peligro donde yo también vivo».

En mi caso, me he pasado los últimos tres meses observando no pájaros, sino otros seres humanos. Desde mi terraza, los he visto tomar el sol, bailar y hacer vermús por videollamada con sus amigos. Los he observado mientras corrían de un lado a otro del balcón o jugaban con sus hijos en la azotea. En casi quince años jamás había visto sus caras, y ha sido extraño descubrir que todas esas casas hasta entonces vacías estaban habitadas. Con sus balcones, ventanas y verandas, la manzana en la que vivo está completamente vuelta hacia el exterior. Sus habitantes, en cambio, nos hemos pasado la vida mirándonos a nosotros mismos. No siempre he vivido aquí. En Madrid, vivía en una casa mucho más pequeña en un barrio con una renta media mucho menor. Nuestra calle era básicamente una enorme y estrecha hilera de balcones amontonados. No solo era imposible no verse sino que, como las casas no daban para más y el centro de la ciudad estaba lejos, la vida social se volcaba en la calle y todos se conocían. No estoy descubriendo el fuego ni lo pretendo: que los espacios que habitamos moldean nuestra manera de habitarlos y ésta, a su vez, configura nuestras relaciones con los demás es algo tan viejo como las especies de espacios de Perec.

En este sentido, apuntaba el otro día el arquitecto Carlos Ferrater que durante la cuarentena hemos visto cómo desaparecían las plazas y las calles, cómo dejaban de existir al no haber gente en ella. Lo que ha funcionado, decía, han sido en cambio los interiores de manzanas y los balcones, precisamente todos estos espacios intermedios de las casas tan mediterráneos y que tanto han desaparecido de la vivienda estereotipo. Concluía Ferrater haciendo una llamada a la arquitectura por venir, cuya labor va a tener que ser precisamente recuperar todos estos espacios a medio camino entre el interior y el exterior. Resulta entonces que la arquitectura del futuro se parece a una arquitectura que lleva ya décadas entre nosotros, y no es casual que Ion de Sosa la escogiera como escenario de su versión castiza de Sueñan los androides con ovejas eléctricas. Hablo de lo que siempre hablo, lo siento, soy persona de ideas fijas y recurrentes; hablo de Benidorm, cuyo paseo marítimo remodelaron precisamente Ferrater y Xavier Martí. Juntos firmaron también un texto incluido en Ensayo y (error) Benidorm, de la editorial Barrett, en el que apuntaban al modelo urbanístico de la ciudad levantina como uno de los más sostenibles del litoral español, en parte gracias al poco terreno consumido, al respeto por la topografía original en pendiente y a que todo el mundo vaya a pie a todas partes. Y añado yo: y a los balcones, y a los balcones. En Benidorm, todos el mundo tiene un balcón desde el que ver el mar, por chiquitino que sea. He fantaseado muchas veces con vivir en Benidorm con todos mis amigos, y ver cada mañana el mar y saludarnos desde nuestras terrazas cada noche antes de ir a dormir. Una fantasía infantil que, hoy por hoy, me parece más realista que esperar a que todas las ciudades de España empiecen a llenarse de balcones, terrazas y verandas. Porque, si algo ha acentuado aún más esta cuarentena, es lo vitales que son los espacios que habitamos: la enorme diferencia que marca una casa con unos cuantos metros de más o unas ventanas de menos. Poder dedicarme a la observación de mis vecinos lleva consigo el privilegio de tener un lugar desde el que hacerlo.

Hace unas semanas supe que, estos últimos dos meses, Ana Obregón había estado viviendo en el bloque de edificios frente al mío. Las ventanas de nuestras habitaciones se miraban la una a la otra. Estos meses los vecinos salíamos a aplaudir, nos saludábamos y charlábamos —aunque cada vez menos— mientras en la ventana de enfrente Ana vivía en silencio una tragedia paralela a la nuestra. Hasta que decenas de periodistas se congregaron bajo mi portal para grabar unas imágenes de cómo dejaba atrás ese edificio, decidiendo por ella romper un silencio que tan cuidadosamente había construido esos meses e invitándonos a entrar en una casa en la que no estábamos, ni debíamos, estar invitados. Esto me ha llevado a pensar en la ambivalencia entre colectivo e individual de esta pandemia, en cómo el dolor se nos ha presentado como una experiencia compartida y, a la vez, irrepetible. Todos hemos sufrido por lo mismo, pero no todos hemos sufrido por igual. Creo que es importante recordarlo no solo en el plano personal, sino también frente a los discursos que han intentado obviar las desigualdades sociales y sus implicaciones en el impacto de la COVID-19.

Finalmente, al hilo del artículo de Jenny Odell, José Luis de Vicente citaba en tuiter un relato de Ted Chiang, llamado El Gran Silencio en referencia a la paradoja de Fermi según la cuál el Universo es demasiado antiguo como para que no haya surgido ninguna otra especie inteligente además de la nuestra pero, al mismo tiempo, no existan señales de vida inteligente más allá de la Tierra. En el relato, un loro se pregunta por qué los humanos siguen buscando extraterrestres con los que comunicarse cuando los pájaros les han demostrado de sobra tener las habilidades cognitivas para ello. «La actividad humana ha llevado a mi especie al borde de la extinción, pero no los culpo por ello. No lo hicieron maliciosamente. Simplemente no estaban prestando atención», dice el loro puertorriqueño. No sabemos nada del mundo de los pájaros, pero creo que tampoco sabemos demasiado del mundo de los demás. Y me pregunto cuánto dolor que ocurría frente a nuestras ventanas hemos ignorado.

Al truncarse nuestra vida social y desaparecer las reuniones con los amigos o las cenas con la familia, nos hemos vuelto para mirar a los que siempre habían estado ahí pero nunca habíamos visto. Sin embargo, ahora que la vida social está volviendo poco a poco a su cauce
me niego a llamar a esto “nueva normalidad” y establecer una discontinuidad artificial en lo que es una sucesión continua y desordenada del tiempo,  volvemos a ser autómatas los unos para los otros: como los pájaros, somos meras piezas de un decorado en el que coexistimos más por casualidad que por otra cosa. De vez en cuando, sigo observando a mis vecinos. El otro día vi a uno que iba de un lado al otro del balcón con cascos y monopatín, como si no se hubiera enterado todavía de que ya se puede salir a la calle. O como si él tampoco le encontrara sentido a salir de un espacio intermedio para entrar en otro.

Un abrazo,
Patri


 

📎 Algunos apuntes sobre los últimos días, o un vistazo a mi carpeta de favoritos:

  • Maybe Baby. Las newsletter son los nuevos podcast; lo tengo clarísimo. Mi favorita ahora mismo es esta de Haley Nahman, ex-editora en Man Repeller. Contrariamente a este errático ultramarinos, cada semana Haley envía una carta en la que habla de cualquier cosa que se le ocurra, desde canciones que le gustan a reflexiones sobre nuestros hábitos en RRSS o sus propias inseguridades, pero siempre con el estilo cercano y fresco que tanto me gustaba de ella en Man Repeller.
     
  • "Doce especialistas nos revelan sus predicciones más erróneas". Me ha encantado este artículo de El País en el que expertos en literatura, tecnología, gastronomía, moda o política confiesan cuál fue su predicción más equivocada, desde Bernando Marín (director de Retina) afirmando que Google y Facebook jamás sobrevivirían sin cobrar nada hasta la periodista Marta Peirano, que en su día dijo que Los Sims jamás le gustarían a nadie. En mi caso dije lo que casi todo el mundo, que Trump jamás ganaría las elecciones, pero con una teoría ridícula de tercero de carrera según la cual Trump era una especie de simulacro baudrillardiano que escenificaba todos los males y cuya función representativa era dar la victoria a Hillary.
     
  • Donde vivan los juegos. El otro día, Lucas y Hugo me invitaron a charlar sobre mi afición por ver gameplays en YouTube en su podcast Dile que baje. Jamás creí que hablar de gente viendo a otra gente jugar a videojuegos pudiera resultar en una conversación interesante, pero el acercamiento que tienen Hugo y Lucas al mundo del juego (muy perequiano, por cierto) es fascinante y maravilloso. Este artículo, en el que reivindican el juego como una manera de reapropiarse del mundo a través de una socialización heterogénea, es una buena muestra de ello.
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